lunes, 11 de enero de 2016

Poema de Ashraf Fayadh






Lo acabo de leer, en el Blog de la Mirada Malva, y no puedo dejarlo escapar, os lo dejo aquí, para compartirlo, es una fotografía de emociones.












¿Cuál es tu idea sobre los días que habitualmente paso sin ti?
sobre mis palabras que rápidamente suelen evaporarse
y sobre mi fuerte dolor
sobre los nudos que se han posado en mi tórax como algas desecadas.

Olvidé decirte... que en el sentido práctico de la palabra
me he acostumbrado a tu ausencia
y que mis deseos han perdido su camino a tu añoranza
¡y que mi memoria ha empezado a corroer!

Y eso que aún persigo la luz, no porque quiera ver; la oscuridad siempre asusta
¡incluso cuando nos acostumbramos a ella!


Ashraf Fayadh

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De "Instructions Within", Beirut, Al-Farabi, 2008 - Traducción: Germain Droogenbroodt – Rafael Carcelén 

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Ashraf Fayadh (1980) es un artista y poeta hijo de refugiados de la Franja de Gaza en Arabia Saudí. Allí ha organizado numerosas exposiciones y también en Europa. En 2015 los tribunales saudíes le condenaron a muerte por apostasía. Entre las pruebas utilizadas para condenarle figuran algunos poemas de su obra Instructions Within. A causa de la presión de la opinión pública internacional, finalmente la pena capital fue conmutada por muchos años de cárcel.

viernes, 8 de enero de 2016

El hada, el gusano y... el científico negro


Hace un par de horas que corro sin rumbo y todo lo aprisa que me permiten estos tacones absurdos. Son ya las dos de la madrugada. La ciudad está ciega. Sólo algún relámpago alumbra las calles, de cuándo en cuando.

Esta noche la tormenta es débil. Los acumuladores solo retendrán en sus cofres oxidados el resto de la energía de los rayos caídos. Se agotan las reservas. La supervivencia es ardua.

La gran nube  sigue cubriendo el cielo. Siempre está ahí, oscurece el mundo desde el 16 de mayo del 3025. Fue el día de la gran explosión, lo guardo en mi memoria, aunque yo no existiera aun. Ese cumulo teñido de gris, impide que asome el Sol por el día, que iluminen las estrellas por la noche, como en un otoño eterno.

Estoy acercándome al Ascensor de Santa Justa, solo queda la estructura de hierro, no funciona. Sigo tropezando con escombros, restos de coches. La niebla lo empapa todo. Resbalo en los adoquines oleosos y brillantes. Quiero llegar a la desembocadura del Tajo, adivinar el mar. Sentarme en los escalones cerca de la Plaza del Comercio y seguir huyendo.

El científico Negro siente su ciudad, Lisboa  su destrucción, como la muerte del amor único. Se quedó huérfano, cuando todo explotó. Ya no tiene su lugar en el mundo, su hogar está  devastado. Solo le quedan los recuerdos. Él, me los transmite día y noche para que los almacene en mi memoria. En ella guardo, calles, iglesias, bares, tiendas, el mar, el Río, los puentes, las plazas, los tranvías, los jardines, los olores…  Puedo reconstruirla piedra a piedra.

Sì, estoy huyendo de él, de su guarida en un caserón del Chiado. Él, un ser brillante, admirado y respetado por la élite científica mundial y ahora dedicado a inventar elementos básicos para sobrevivir a la debacle, de la soledad,  del hambre, la enfermedad y la desolación.

Yo soy su invento más preciado, soy un Hada Sintética. Allí en su exiguo laboratorio me creó. Reunió restos de chips, memorias perdidas, cables, silicona, cristales. Logró conjugar la electricidad, el plástico fino, el polvo de huesos, algunas vísceras liofilizadas, algún retal para vestirme. 

Con todo esto resulté ser un buen reflejo femenino. Unas largas piernas,  unas manos suaves para la caricia, una piel casi humana, un cuerpo pensado para el abrazo,  unos oídos receptores, unos ojos atentos, un cerebro con muchos gigas.

Soy un ser paliativo, ideada para consuelo de los humanos supervivientes de la hecatombe, seres amputados, solitarios con recuerdos o amnésicos, sobrados de sufrimiento. 

Vivo con el Científico Negro y guardo sus pensamientos, sus recuerdos, a veces sus malos modos, otras sus largos silencios. 

Dice que fui creada para sustituir a los Angeles que abandonaron el mundo después del desastre. Pero solo soy moneda de cambio para conseguir su alimento, o su ropa o su material de inventor loco, por conceder algún deseo de Hada Sintética a los humanos grises que se acercan a su guarida. Son muchos seres perdidos, solo para mí. Ya está recopilando material para crear más Hadas.

Me hablan de sus vidas, de sus perdidas, de sus amores, de sus hijos, de sus padres, de sus pueblos, me cantan viejas canciones. De todo eso que ya no tienen. El dolor que escapa de sus palabras y de sus corazones, se instala en algún rincón de mi cerebro artificial. A veces colmo su deseo, y sigo recolectando sentimientos que no soy capaz de reproducir.

Cuando estoy sola, recupero los recuerdos ajenos y vuelo a los lugares soñados. Ellos los llaman  "Paraísos Perdidos". Yo aun no sé como llamarlos.

Estoy andando por la casa y sin querer piso un pobre gusano. Quedan muy pocos seres vivos. El pobre bicho se retuerce mientras se sigue arrastrando.

Siento un temblor intenso, muy raro. Tengo una extraña sensación en la zona del pecho. Parece que mis vísceras liofilizadas se esponjan y se retraen. Por la nariz se me escapa un hilo de aire cálido, ellos lo llaman respiración.

El gusano sufre. Ya no se arrastra por el suelo sucio. Yo no puedo hacer nada por él. Lo guardo en mi bolsillo.

Mi visión es borrosa, siento una humedad extraña en la zona de mis mejillas. Me miro al espejo, hay dos gotas de agua que se escapan de mis ojos. Mi amplia memoria les pone nombre: "lágrimas". Sigo temblando, no puedo controlar mi cuerpo. Se escapan unos sonidos extraños, estoy llorando.

Miro la habitación donde duermo, la sala donde el científico trabaja. Me ahogo y solo pienso en escapar de la guarida.¿ Es raro? ¿Es bueno? ¿Es malo? No sé… ¿Despierto de un sueño? Visito mi memoria buscando palabras para definir estas sensaciones. Me asfixio. No encuentro el nombre exacto, de lo que necesito. Me dejo llevar.

Abandono al científico Negro. Voy hacia la desembocadura del Río. Intento buscar la salida al Atlántico sueño con cruzar y llegar al bosque de Arrayanes. De todos las imágenes de lugares ajenos es el que mas me acerca a la paz. Ver las sombras que los rayos del sol dibujan entre los arboles, sentir su calor, estremecerme con el frío de la noche.

Con esta esperanza, acelero un poco más el paso. Oigo los latidos rápidos y rítmicos de mi víscera principal, pienso en un nombre de mujer para mí, …ya no soy un Hada Sintética.

Yolanda Tejero 



Vacíos


Tenía en la nevera sólo un yogur y estaba caducado. La mujer sujetaba la puerta, mientras el olvido lo inundaba todo empañando la realidad.

A veces llamaban al timbre y aparecía gente conocida y en su mente se encendía una luz. La vida casi volvía a la normalidad hasta que anocheciendo, se ponían el abrigo y se marchaban entonces la casa se llenaba de ausencia. 

Mientras el tiempo se pasaba tropezando entre borrones, su vida se desbordaba de nada.

Ella necesitaba sus dosis de recuerdos pero se le escapaban sin remedio cada día más deprisa.  

En pocos meses su cabeza y su vida se quedaron vacías y en un suspiro se le murió el alma. 


Yolanda Tejero 




domingo, 27 de diciembre de 2015

Absurda pareja



Espero en el andén casi dormida, el tren se acerca, la rutina se encarga de encaminarme y recordarme que solo tengo dos paradas antes de la mía. El convoy se llena de una fauna muy diversa, funcionarios, dependientes, algunos turistas madrugadores. Huele a moho, a colonias mezcladas, a sudor de miércoles.


Miro alrededor buscando un espacio, no muy lejos de la puerta y tropiezo con unos pies desparramados. El hombre sentado, viste vaqueros, una camiseta ajustada al torso con más grasa que músculo. Las uñas mordidas menos la del dedo meñique larga y sucia.
Su mirada torva vigila a alguien. Sigo la dirección de sus ojos hasta tropezar con la figura que persigue, a cierta distancia agarrada a la barra, una mujer alta, de aspecto extraño  de ojos negros como pozos, de piel casi violácea, le mira cansada y obedece a la señal que le lanza.


Son cautos en su trabajo, no se hacen visibles todos los días. Aparecen dos días seguidos en vagones diferentes y otro  cualquiera se instalan en el mismo vagón   pero nunca juntos. Desaparecen una semana entera, y después regresan por separado distanciándose en el tiempo


Él se prepara el primero para bajar en la próxima estación y ella se despega discretamente del hombre que viajaba a su lado y despacio se acerca a la puerta.


Es también mi estación, y no puedo resistirme a seguir sus movimientos es la primera vez que veo que descienden casi juntos y la curiosidad me arrastra detrás de los dos por el pasadizo, en la pequeña curva antes de la salida a la calle el hombre alarga su mano y le zarandea despectivamente el brazo, ella le entrega algo y él lo guarda en su bolsillo trasero.


Observo los zapatos de la mujer, sus pies hinchados su cuerpo rendido y a su lado el hombre bajo de andar chulesco y puedo ver la noche en blanco de ella por las esquinas del barrio chino y el camino de vuelta a casa en Metro mientras aprovecha  el tiempo distrayendo alguna cartera para completar el salario del mes.


Yolanda Tejero


sábado, 26 de diciembre de 2015

La última hija de la Princesa de Éboli



Soy Ana de Silva y Mendoza, no soy la primera hija de mis padres, no, yo soy la menor.  

Mi madre repitió el nombre, no sé si por perpetuarse, por dos veces o por falta de tiempo y ánimo para pensar en otro. Nací antes de lo esperado y en tiempos oscuros. Mi padre murió y mi madre casi enloqueció. De Madrid, volvió a Pastrana.

Se encerró en aquel convento que Teresa de Jesús, fundó en la Villa, sin seguir la dura vida de las carmelitas, ignorando los preceptos de la Monja Priora.

La vida de mi poderosa familia sufrió muchos cambios, algunos inesperados otros seguramente provocados por la conducta de mi madre, Ana de Mendoza, Princesa de Éboli. Su carácter fuerte, su  interés en los asuntos de tierras, condados y haciendas, inusual por parte de una dama y sobretodo su cercanía al Rey y sus amistades masculinas, provocaban injurias y afrentas en la rígida corte.

La conducta  de mi madre causaba, admiración y miedo a los hombres, repudio y animosidad a las mujeres. Su extraña belleza, su personal  indumentaria, calzando altos chapines, luciendo  jubones de originales tejidos italianos. Sus joyas creadas para ella por los mejores orfebres. Las originales y delicadas golas, los verdugados más ricos adornaban su semblante.

El severo Rey Felipe II, enterraba sus sentimientos hacia la princesa  y se moría de contradicciones para no demostrarle al mundo su debilidad ante una mujer única siempre presente en su vida, a través de sus consejeros, a través de su propia esposa, la Reina Isabel, amiga incondicional de mi madre.

El Rey con el paso de los años y las sucesiones de intrigas  fue trocando amor por odio y  entre  rumores, confabulaciones y traiciones de consejeros, en los que mi madre siempre aparecía envuelta. Decidió el más terrible destino para la Princesa de Éboli, el destierro más penoso y austero y después el alejamiento de sus hijos mayores.

Con todos estos acontecimientos mi infancia fue extraña, los hijos pequeños de mi madre le acompañamos un año en su prisión de Pinto, pero el Rey nos separó de ella  y le quitó nuestra custodia.

La Princesa se quedó sola con la vieja Elvira en aquel sórdido y frio torreón de Pinto. Su salud se debilitaba, la escudilla escasa  le llegaba fría de un cuartel cercano y se le entregaba al ama  por el  par de soldados que les vigilaban noche y día. El aire helado entraba a traición por las troneras y la salud de ambas empeoraba. Mi madre escribía cada semana cartas al Rey implorándole le librara de aquel cruel destierro.

Mis hermanos siguieron sus destinos, o lo que nuestro linaje les preparaba. Rodrigo, ambicioso siguió fiel los mandatos del Rey.

Ana contenta con su poderoso marido, atenta a la construcción de su palacio en Huelva.

Ruy, hijo preferido de mi madre, u protegido por excelencia, marchó a Portugal y desapareció sin jamás tener noticias de él.

Fernando cambió su nombre por el de Pedro González de Mendoza, en honor al gran Cardenal y su rica indumentaria por el hábito franciscano. Se marchó al Monasterio de Salceda ejerciendo y alternando sus aficiones a la arquitectura y a los asuntos de la Iglesia.

Para mí, acordaron matrimonio con mi primo Iñigo López de Mendoza, Sexto “Conde de Tendilla”. Solo tenía 15 años, mi madre en su destierro entre calentura y calentura dio  su consentimiento. Yo no tuve mucho más que decir, mi destino incierto quedó en manos de un pariente de honrosa conducta y de una familia de grandes influencias en la Corte Madrileña.  Fui preparándome para mi futura vida de mujer casada.

En  esos días recibí aviso que mi madre estaba muy enferma y el Rey le dejaba regresar al Palacio de la Cerda. Abandonaba su prisión por un encierro más confortable.  Con la venia de Felipe II decidí cuidar de mi madre en lo que ya parecían sus últimos días. Me concedió tres criadas, un mozo de cuadras y una cocinera. Me dispuse a viajar a Pastrana al viejo Caserón convertido en cárcel.

Entre dos soldados sacaron del viejo carruaje el cuerpo desangelado y escuálido de una mujer cubierta de rudas telas, a la que confundí con la vieja ama Elvira. Al ver en su rostro el parche negro reconocí a mi madre, apenas hablaba, no sé si llegó a recordarme. Mi propósito era lograr que se alimentara y sacarle alguna palabra de su boca cerrada. 

Su mirada cobraba un poco de brillo, al llegar las cuatro de la tarde, hora en la tenía permiso para asomarse al balcón de rejas, que daba a la plaza. Durante ese tiempo parecía que la vida volvía débilmente a convertirle en una mujer. Una sola  hora al día para asomarse al balcón  enrejado desde donde veía la vida fluir lejos de ella.  

A pesar de los cuidados, la vida de La princesa de Éboli se apagó. Acompañé a mi madre hasta su último aliento, murió apretando débilmente mis manos y fuertemente mi corazón. 

Traté de aliviar la pena en los preparativos de mi enlace. A los pocos días de la fecha fijada Iñigo López de Mendoza, mi prometido, sufrió una grave caída de su caballo, muriendo en el mismo momento.

Ya no supe cómo seguir con dos muertes y ningún consuelo. Busqué un refugio antiguo de familia, el Monasterio de San José de Pastrana, el mismo en que mi madre se encerró muchos años antes, cuando mi padre murió. En ese convento  profesé  y terminé mis días encerrada en el Carmelo por mi propia voluntad y sin más elección.



Pd.  una historia hecha cuento....


lunes, 3 de noviembre de 2014

Amores de sueño



El hombre que está en mi cama enciende un cigarrillo y...
Va quemando la vieja colcha
Mientras agujerea el tejido
yo voy sintiendo el aguijón caliente
Pinchando en cada una de mis viejas pecas

Las mujeres de negro que nos miran
se levantan de sus asientos
El se desabrocha de las sábanas....
No dejo de mirarle y no
puedo escuchar su voz
pero sus labios se mueven

Se acerca, roza mis manos con lentitud
con mucha intención ... y nadie,
nadie le ve ....
yo le siento y mi piel se trastoca
le miro y  no habla

Por la ventana veo el mar que araña un poco mas
El agua con espuma de olas moja la playa urbana
Allí pasean a los santos y santas de madera y yeso
Detrás las mujeres de negro les persiguen
formadas en digna procesión muy despacio
hunden sus tacones en la húmeda arena


El hombre que ha rozado despacio mis manos
se ha convertido en un viejo amante
y con descaro seduce a las mujeres de negro
mientras su mirada conversa con la mía
Me disfrazo de furcia y grito
desde su cama
le llamo pero no le nombro
En broncos alaridos mi boca pronuncia un nombre
Un nombre confundido.....


Yolanda Tejero 







miércoles, 2 de noviembre de 2011

Dos psicopatas desalmados




Él

La banda sonora de mi vida la formaban el llanto sordo de las mujeres en la noche y el silencio a voces cuando no despertaban por la mañana.

Han pasado ocho años desde la primera vez que te vi. Fue en aquel mugriento bar cerca del despacho. Eras  una chica gris, como tu vestimenta, de los pies a la cabeza, traje marengo, zapatos negros, bolso a juego. No tenías ni una sola nota de color. Tu aspecto, serio, tus ojos amenazantes, tu voz ronca, tu pelo castaño de rizos tristes enmarcando el rostro anguloso. Tu nariz generosa, protagonista del conjunto, hacia ignorar la boca insignificante. Tu cuerpo era delgado, sin curvas insinuantes, ni rectas  provocadoras.


¿Qué me hizo girar la cabeza y cruzarme con tu mirada punzante? Si, fue aquel primer gruñido cuando viste tu abrigo empapado de café con leche. Mis torpes reflejos no pudieron evitar que el líquido se derramara encima. Me quedé estático, sin saber qué decir ni qué hacer… Me volvió la rabia ante la impotencia de no actuar a tiempo. Esa rabia sorda que me ciega y no me deja pensar…

Mi mirada se quedó enganchada de tu aspecto firme, hosco y decidido…



Ella

Siempre fue así, el sonido ágil del despertador me arrojaba de golpe a un día nuevo en el que yo me empeñaba en alcanzar un poco de perfección… y ocurría que alguien insignificante con su estupidez interrumpía el proceso.

En aquel sótano oscuro de ventanas opacas y sesenta empleadas poco brillantes, transcurría mi jornada laboral. Intentaba sacar el máximo partido con escasas herramientas a las desgraciadas que me miraban algunas con espanto. Otras apretaban dientes y puños mientras les imponía nuevas tareas o les criticaba duramente su labor. Sesenta tele-operadoras que debían vender lo ya invendible y una supervisora que tenía que explicar a sus jefes como lo conseguiría… y justo ese día el aturdimiento  permitió que tu café con leche se estrellara en mi abrigo recién llegado del tinte.

Me volví con toda mi furia desbocada y te descubrí los ojos con el susto congelado en tus pupilas, tu boca contraída paralizando palabras incapaz de pronunciar. Tu aspecto apocado, tu necedad y tu camisa recién planchada me robaron un hilo de blandura.



Él

Me exigiste el abrigo limpio en un par de horas. Lo llevé al tinte rápido. Te llamé, volví a escuchar tu voz ronca y decidida. Me colgué nuevamente de ese sonido hosco.

Recuperaste tu abrigo y sin saber cómo, se sucedieron las mañanas compartiendo desayunos. A las mañanas le siguieron las tardes y tu actitud mandona colocó a continuación las noches. Yo lo dejé pasar. Mi empleo no me permitía alquilar un piso. Estaba cansado de las quejas y preguntas de mi madre. Tu piso gris y tus órdenes  me amodorraron la vida. Trasladé mis costumbres y mis trastos a tu casa. Cambiaba de empleo a menudo  y tu ira aumentaba. Tal vez confiaste que alguna vez prosperaría. A veces conseguías engañarte, tú sola, tú, la mujer dura a la que todos temen… nadie te prometió nada. Insultabas, gritabas, ofendías y yo no te oía nunca…

Tus reproches, tus agrias amenazas…eran como lluvia caída en torrente yo no te oía nunca… Utilizaba tu piso gris y te odiaba, te odiaba mucho. Sin ningún rencor, yo solo te odiaba… Desde el principio, te odié.

Contigo la rabia sorda volvió a despertar y yo no la pude contener… Me volvió esa tormenta que me enajenaba y me obligaba a urdir, queriendo a sabiendas y sin arrepentimientos, yo urdía cosas… tu no tenias ni idea… de lo que era capaz de hacer.



Ella

Te deseaba, porque me temías. Todo lo demás que procedía de ti me era indiferente, a veces incluso me repugnaba. Te sentía muy por debajo de mis objetivos. Yo no tenía tiempo para buscar un tipo mejor, seguramente ni existiera uno lo suficientemente bueno. Mejor un estúpido en mano que ciento volando. No creía en el reloj biológico, ni falta que hacía. Ascendía en mi trabajo y estaba mejor visto acudir a los compromisos de empresa con un abalorio de la mano. Eso eras para mí un complemento más a usar en mi vida.

Sin ningún complejo, lo siento y lo digo: humillarte en casa era muy necesario para mí, pero en las cenas o en los almuerzos era aún mucho más excitante. Tus ojos seguían con ese susto congelado, esa tartamudez enojosa… y yo devorando todo esto con un regusto de desdén.

Al día siguiente volvía a persuadirte con falso cariño que todo eran figuraciones. Yo solo tenía un carácter fuerte. Te daba un día de tregua y volvía a mi sistema de derribo.



Él

Por la mañana pasó el afilador anunciando con su flauta, dejando escapar esa canción de muerte, recordándome afilar los cuchillos esos que cortando hieren de muerte, alma y cuerpo.

Por la noche te acompañé  a una cena de compromiso. A los postres te cebaste en insultarme, desde el afecto y la ternura, si... Todos me miraban regalándome conmiseración.

Y me volvió la rabia… y era muy fuerte, yo no quería contenerla. En la mesa una de tus empleadas no dejaba de mirarme y yo la elegí a ella. Decía que me entendía… Yo no la escuchaba

En un rincón oscuro al lado del almacén del restaurante, la dejé hablar un poco más. Con un arrebato de romanticismo fingido la tapé la boca y los ojos, desplegué el delantal de plástico fino y con un cuchillo bien afilado la atravesé el corazón. Luego seguí probando su filo en otras zonas de su cuerpo. La arrastré al almacén y la metí en una cuba.

Así terminé con ese sufrimiento inútil de empleada sumisa.

El afilador volvía y yo le entregaba mis cuchillos. Tu seguías atizando mi paciencia con refinados desprecios y yo seguía buscando muchachas insulsas para calmar mi rabia.

Ellas se dormían con un llanto sordo de boca tapada, mientras yo hundía mi cuchillo atravesando su corazón y fileteando su alma.

Con las voces de su silencio mi rabia se dormía de nuevo y yo no me arrepentía de nada.



Ella

Cada día que pasaba tu actitud me incomodaba más. Tu mirada se volvía torva. Algo escondías. Ser estúpido, sin alicientes ni ambición, cada empleo te duraba un poco menos que el anterior. Al abrir la puerta siempre la misma composición: tu cuerpo lánguido y fofo tumbado en el sofá. Las latas de cerveza aplastadas por el suelo, mi odio creciendo, mi deseo menguando, mi cabeza maquinando…

Yolanda Tejero



Publicado en Julio 2011: Fanzine Electrónico El 9 Intento - Monográfico Psicópatas


martes, 13 de septiembre de 2011

Thereza




Me acabo de arreglar, llevo el vestido naranja, el del tejido brillante, como de seda salvaje. Los zapatos  son de la misma tela. Salgo a dar mi paseo diario. Tengo los pies helados, intentaré caminar lo más aprisa que pueda, para que entren en calor. El jardín está tan descuidado… casi salvaje. No hace mucho tiempo era uno de los más admirados de la ciudad pero ahora nadie lo reconocería. Malas hierbas, setos deformados, árboles sin podar ya no queda ningún rosal.

Lástima que todos hayan perdido el interés por esta inmensa mansión. Por las goteras escapan sus lágrimas. En las paredes desconchadas se delatan sus arrugas, la cocina pierde sus azulejos y los libros desaparecen de la Biblioteca, del mismo modo que los viejos olvidan sus recuerdos. La casa se está despidiendo de sus tiempos de esplendor.  Envejece y muere como sus habitantes y a nadie le importa.

Voy a regresar. Este tejido hace mucho ruido cuando camino. Se avecina una gran tormenta. El cielo se ha vuelto negro y  no hay tiempo que perder. Muy pronto lloverá torrencialmente. El clima sigue fiel a sus costumbres, es lo único que permanece inalterable.

Los niños ya vuelven del colegio. Sus juegos, sus voces, sus riñas, el ruido de sus pasos, logran mantener la vida en esta vieja casa. 

La merienda ya está preparada en la cocina. Denise siempre está pendiente de ellos. Cuida de los pequeños y los mayores, como si la vida le fuera en ello. Todo está siempre a punto; la ropa, la comida, la limpieza. Tendrá que marcharse pronto, o la lluvia anegará el camino de vuelta a la humilde chabola.

Cuando terminen de merendar, la niña mayor llevará a los otros a la Biblioteca para hacer los deberes. Se ocupará de ellos, hasta que sus padres regresen del trabajo. Hoy con la tormenta será difícil controlarlos. Yo no podré escribir como pensaba. Me gusta oírlos, y me distraigo con sus ocurrencias.

Llueve  con desesperación. Los cristales se han empañado, ya no puedo ver el jardín. El relámpago parece que ha caído en la zona del huerto. El primer trueno ha sido  ensordecedor. 

Los críos, siguiendo las órdenes de la niña mayor, se han sentado en el suelo. Es muy marimandona, y un poco malévola. Les está diciendo que las cuerdas de la ropa son de alambre y atraerán los rayos. Este  último relámpago ha caído muy cerca del tendedero. Les ordena sentarse en el suelo haciendo un círculo, con las manos cogidas, para evitar que el rayo les caiga encima. Los pequeños están muertos de miedo. La luz se ha ido. La casa se ha quedado a oscuras. Ella busca unas cerillas para encender las velas.

Siento lástima de los pequeños, están llorando y la mayor sigue atizándoles el miedo. Ahora les dice que tendrán que bajar al sótano. En algún sitio ha oído que allí  los rayos no les alcanzaran. Ella y uno de los mayores van delante con una vela. Los dos pequeños agarraditos de la mano van detrás. 

Acaban de entrar en el sótano, la oscuridad es casi total. Las velas dibujan sus  sombras. Ahora la mayor también siente miedo. La casa está en una pequeña colina, el terreno es desigual, por eso según avanzan el techo  va encogiendo. Se deben agachar para poder seguir. La "Marimandona" ordena a los dos pequeños que vayan primero para que puedan llegar hasta el final del sótano.

Hay vigas de madera que parecen delimitar habitaciones. Tropiezan con muchos  objetos: cajas viejas, sombrereras, lámparas, máscaras de carnaval, muebles decrépitos... Hay libros por todos los rincones. Amontonados encima de la mesa quedan unos pocos ejemplares de mi primer poemario. La niña grande coge uno de ellos. Lee mi nombre debajo del título "Máscara de Sol". Intenta  buscar nuestro parentesco. Los apellidos "Limongi- França", coinciden y el nombre "Thereza" lo ha oído muchas veces  en las conversaciones de los mayores.

Están aproximándose a mi habitación. Me quedo quieta para que la seda de mi vestido no cruja. Mis pies están aun más fríos que antes.

Los niños entran. Miran hacia mi cama, está perfectamente hecha, esto les desconcierta. No es como lo que han visto hasta ahora. Descubren mi escritorio y por debajo asomando  mis zapatos de seda naranja. Las puntillas amarilleadas por el tiempo, dejan ver unos delgadísimos tobillos negros.                                                                          Estoy   agotada. Ahora ya no puedo, ni quiero esconderme.

Mi cabeza reposa encima de la mesa, mis cabellos están blancos y demasiado largos.  El sombrero se ha caído y no tapa ya mi calavera. Veo con dolor el espanto en los ojos de los niños.

Cien años muriendo como viven otros, es mucho tiempo. El cansancio ha vencido.

Ahora sólo me pregunto: ¿Quién leerá los versos que escribe una muerta?


Yolanda Tejero



Este cuento de la Bella Durmiente/*Que vestida de muerta, siente la vida /*Destapar lentamente sus recuerdos*  Rios Nocturnos- Maria Thereza Limongi-França//
  

lunes, 12 de septiembre de 2011

El Hombre Bala





Micro relato




Aquel día, el Hombre Bala llegó tarde a la cita.

Siempre puntual, sin embargo ese domingo el cañón se quedó esperando con la mecha encendida.  

La casualidad hizo que el Hombre Bala, se pasara por el supermercado del barrio. Vestido ya para su trabajo, compró lo imprescindible.

Cuando llegó a la caja, tenía aquel extraño personaje delante de él. Levantó la mirada hacia la cajera y se encontró aquellos enormes ojos con un SOS dibujado en sus pupilas. El Hombre Bala miró al tipo y vio cómo amenazaba a la muchacha con una navaja. 

Con un movimiento ágil, se colocó el antifaz y con voz profunda le ordenó que soltara el arma.

La chica cayó en sus brazos. Desde entonces, no se separaron. El amor y los buenos alimentos engordaron el contorno del Hombre Bala que nunca volvió al cañón.
Pasó tiempo, unos arreglos en su disfraz, unos zapatones y una bola roja por nariz,  bastaron para convertirle en  un triste payaso.

Yolanda Tejero

El emigrante





Cuento



Ernesto salió huyendo de allí, enloquecido por los gritos de sus compañeros de camarote. Tres muchachos, pobres como ratas compartiendo aquel habitáculo oscuro, impregnado de ese olor acre a miseria, con ese ojo redondo y enorme como el de un Cíclope vigilando sin descanso.

Tambaleándose, salió a cubierta. Se dio de bruces con la noche teñida de negro. El cielo estaba plagado de nubes, la luna y las estrellas habían desaparecido.

El suelo brillante, resbaladizo de humedad y mugre, le obligaba a clavar sus viejos zapatos en él. Caminaba agarrándose fuertemente a la barandilla para no caer.

De golpe le invadió un tremendo cansancio, miró a su alrededor, encontró una vieja hamaca y se dejó caer sin más.

Ernesto, se había prometido no volver la vista atrás... Pero en el cielo negro, como si de un telón de fondo, se tratase, comenzaron a desfilar imágenes, recuerdos, viejos retales de tiempo… Una mezcla de extrañas sensaciones.

Una enorme puerta se abrió y tras ella, como un abismo estaba ese mar trágico, azul intenso, el agua ahogando sus sentimientos. El Atlántico engullía y poseía todos sus sueños. Allí encontró una casa de agua, con una habitación al lado de la cocina. El mar le sugirió que esa despensa algún día estaría llena de nuevas sensaciones. Los estantes se llenarían de esperanza, trabajo… Guardarían amor y alegría, tampoco faltarían pasión y dolor.

Recorrió la casa, buscando a su madre. La encontró de espaldas, en la cocina, calentando las sobras de la noche anterior, llorando quedamente. El pequeño de sus hermanos, agarrado a su delantal.

El ruido de llaves en la cerradura de agua, anunciando la llegada del padre cansado después de 14 horas en el tajo.

Su hermana con la mirada perdida, lloraba sin consuelo en su habitación de agua, ya no tenía, telas ni hilos para bordar su ajuar.

Su abuela se mecía despacio mirando su jardín de agua profunda y gris.

Ernesto, sintió un frio punzante atravesando sin piedad su esperanza. Sus ojos descubrieron los reflejos de luces débiles en la lejanía. Sintió con estupor que el barco no se había movido. Solo quiso huir. Comenzó a caminar trastabillando con sus propios pies, dio una vuelta completa a la cubierta… El barco seguía anclado a puerto, las luces tenues de las casas parpadeaban y a él le parecieron tristes y desamparadas.

Desde ese preciso instante supo que no volvería nunca a su ciudad.


Yolanda Tejero